Eran alrededor de las diez de un sábado por la mañana cuando el estrepitoso sonar del teléfono interrumpió mi merecido descanso. Arrastrando torpemente los pies, llegué hasta el teléfono, levanté el tubo y coloqué el auricular en mi oreja.

—Hola, lo llamamos de Arnet para ofrecerle nuestros servicios.

Casi dejo caer el teléfono por el shock. Tras varias llamadas había logrado que la empresa me devuelva, a cuentagotas, el dinero que me había visto obligado a pagarle durante seis meses por un servicio que nunca anduvo. Mi guerra contra Arnet había llegado a su fin la semana anterior y, con tan solo una única baja, yo había salido victorioso. O al menos eso creía.

—¡Me están jodiendo! —le respondí con voz de ultratumba, e instantáneamente comenzó una segunda guerra: “La rebelión de las bases de datos”.

Con no tantas malas palabras, intenté hacerle entender que no quería saber absolutamente más nada con la empresa. Para mi suerte, pareció comprender mi fastidio y se despidió amablemente. Pero el sábado siguiente la base de datos atacó de nuevo.

Semana tras semana volvía a atacar, camuflada de telemarketer entusiasta, de muchacha con tonada cordobesa, y hasta había veces que ni siquiera disimulaba su estridente y metálica voz de máquina automática.

¡¡¡SPAMMMMM!!! ¡¡¡SPAMMMMM!!! ¡¡¡SPAMMMMM!!!

¡¡¡SPAMMMMM!!! ¡¡¡SPAMMMMM!!! ¡¡¡SPAMMMMM!!!

Y comenzó el bombardeo. Miles de correos no deseados caían en mi casilla y algunos infiltrados lograban introducirse en mi Bandeja de entrada. Una oferta de mi proveedora de telefonía parecía proponer una tregua. Entusiasmado y abatido me rendí ante la tentación, llamé, pero resultó que yo no podía acceder a la promoción.

Solo me quedaba una única salida: calzarme mi mejor uniforme y salir de las trincheras para hablar con las empresas. Avisarles que para terminar esta guerra sus bases de datos debían estar correctamente diseñadas, para así poder acceder a información exacta y actualizada y lograr los objetivos previamente establecidos.

Tenía que explicarles que debían buscar y ordenar la información en campos, necesarios para su segmentación; que era vital evitar la información duplicada; que siempre había que tener una lista negra que respete a las bajas, y no borrarlas, porque de lo contrario, al actualizar sus bases de datos, iban a malgastar sus recursos generando más bajas fatales; y que cada tanto era necesario una limpieza para eliminar los rebotes y errores.

También necesitaban saber que si las bases de datos contenían información incorrecta los informes también lo tendrían, y por lo tanto, las decisiones que tome su empresa estarían mal fundadas.

Para ello, era indispensable que conozcan bien los objetivos de su empresa y así programar a las bases de datos con el propósito correcto. De lo contrario, la gente no estaría nunca a salvo, ni siquiera contando con las tres leyes de la robótica.

Bueno, esa es la historia. Lamentablemente no todos lograron escucharme y es por eso que realizo este comunicado. Porque aún existen bases de datos mal programadas allí afuera que pueden destruir nuestra paciencia y sus empresas. Así que si el teléfono de su casa empieza a sonar o su celular vibra frenéticamente, antes de atenderlo, ármese de paciencia y piénselo dos veces. Porque nunca se sabe, puede haber una base de datos del otro lado de la línea.

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